Itinerarios y descripciones de mundos ocurrentes entre formas y espejos o lo que sea que ocurra alrededor de los ojos...
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lunes, 30 de abril de 2018
La transformación de Kafka
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lunes, 28 de agosto de 2017
Casas Muertas: El olvido y la decadencia que se repite
Publicada en 1955, la segunda novela de Miguel Otero
Silva (Venezuela, 1908 – 1985) narra los acontecimientos de un pueblo llamado
Ortiz, ubicado en el estado Guárico, y que en su época fue la capital de dicho
estado. El período que abarca va desde alrededor de 1890 hasta alrededor de
1930. La historia de este pueblo en decadencia nos es mostrada a través de
Carmen Rosa, quien a medida que crece ve cómo todo su entorno se derrumba, y el
golpe final fue la muerte de Sebastián. Precisamente con esto comienza la
novela: “Esta mañana enterraron a
Sebastián”[1],
adentrándonos de esta manera en un relato lleno de recuerdos de un pasado que
fue mejor frente a la realidad de un pueblo que se cae a pedazos. Así comienza
una gran elipsis donde se nos narra, de una manera muy parecida a la de García
Márquez, del esplendor de la Rosa de los llanos, de las fiestas a Santa Rosa,
pero particularmente, de la tragedia personal de Carmen Rosa.
Pero primero debemos saber un poco del contexto
histórico: para la época, después de tantas revoluciones y contrarrevoluciones,
Venezuela llega a tener estabilidad política con la llegada al poder de Juan
Vicente Gómez; esto, sin embargo, representó la opresión de la clase intelectual,
y por otro lado, el abandono de la población; por algo el título de la novela
no es gratuito; de hecho, al momento de escribirla, Miguel Otero Silva viajó al
pueblo para recabar información, haciendo uso de su labor como periodista; de
esta manera logra conservar parte de la historia de Venezuela, una historia
velada para muchos, pues debido al aislamiento del país con el resto del mundo,
y el aislamiento entre las regiones, Gómez vendía una imagen de país en
progreso, mientras que en muchos pueblos, como este, la gente se moría debido
al paludismo, y al abandono. Fueron miles de personas que murieron a causa de
esta y otras enfermedades que, aunque tenían cura, por falta de medicinas no
lograron sobrevivir. Nos dice el narrador que:
“La
salida de aguas arrojó sobre Ortiz y sobre Parapara, sobre todos los caseríos
contiguos, una implacable marea de fiebre y muerte que amenazó con borrar para
siempre los rastros de aquellos pueblos”[2]
Casas muertas representa esa desidia en la que estuvo
sumergida Venezuela durante muchos años, y que cobra vigencia en la actualidad
al ser un reflejo de la desidia que estamos viviendo en estos tiempos, pero al
igual que Carmen Rosa, que a pesar de todo el dolor que vivió, siempre queda
esperanzas; Casas muertas nos cuenta la historia de una sociedad que recordaba
sus años buenos, la frustración de la gente de no poder hacer nada, del abuso
de autoridad; es un espejo al cual debemos mirarnos para entender mejor la
coyuntura actual, la avidez de obtener el poder a costa de lo que sea, mientras
que son los otros, los “Celestinos o
Diego o José del Carmen”[3]
quienes sufren.
Es por ello que es vital revisar de nuevo esta obra para
mirarnos bien en ese espejo y lavarnos la cara, y entender que podemos volver
del camino de Palenque.[4]
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en Acracia pour les porcs, y lo reproduzco acá en Memoria a Miguel Otero Silva.
martes, 26 de mayo de 2015
Alterno
Estar rodeado de ti. Verte frente al espejo, o en el sillón. Miras con intriga. Preguntas, respondo. Sigues con sigilo hacia la cocina, miras los cuadros, todos iguales. La misma figura, el mismo retrato. No hablas durante todo ese tiempo. Después de responder surgen, de nuevo, las dudas. Hablas. Tratas de no desesperarte. Me preguntas por qué tantos puntos y tantas comas. Porque quiero saber si eres real, respondo, o si vienes de otra dimensión.
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viernes, 5 de septiembre de 2014
Último adiós al de De Música ligera
Mucha gente se ha sentido conmocionada por lo acontecido: la muerte de Gustavo Cerati. No soy la excepción. Pero a veces muchos se preguntan por qué la gente se conmociona por la muerte de alguien a quien ni siquiera hemos conocido. Y es verdad. Yo no sé nada sobre Cerati, pero la cuestión estriba en sus canciones. Ahí es donde entra nuestra conmoción, porque muchos se han sentido identificados con una letra, una frase, una nota musical, sus rifs de guitarra. Cerati, al igual que muchos cantantes, artistas y escritores, han dejado huella en el mundo, en la gente común que va por las calles tarareando una de sus canciones, de los jóvenes que ensayan vez tras vez para hacer un cover, y de los escritores que hallan una frase para crear un cuento, un poema o incluso una novela.
En mi caso, después de haber leído Fervor de Buenos Aires, de Jorge Luis Borges, inmediatamente pensé en La Ciudad de La Furia. Borges describe calles, lugares, momentos; y yo no dejé de pensar que las calles azules de las que habla esa canción sea La Calle Desconocida, poema de Borges donde se describe magistralmente una calle desconocida o ignorada y ¿por qué no? inventada por el poeta. Desde ese momento, tanto la canción de Soda como el poema de Borges me rondaban con tanta frecuencia que se me ocurrió una frase: La Biblioteca Nocturna de Buenos Aires.
La idea de escribir algo con ese título me animaba tanto que no sabía que escribir, y cuando empezaba a escribir algo, me daba cuenta que no era eso lo que quería escribir. De pronto me di cuenta que eran cosas distintas, que la idea y la canción y el libro no eran una sola. Por eso escribí dos relatos sostenidos bajo esa idea, bajo el hechizo de la canción y el deseo de encontrar algo misterioso que no sabía si concretaría o no.
A decir verdad, no sé si haya concretado algo. Aún la idea me ronda la cabeza, y más aún después de lo de Cerati. Hay cosas que a uno lo hacen reaccionar, y la muerte es una de ellas. Sí, ya no están; Cerati, Borges, Spinetta, García Márquez, Cortázar, Simón Díaz y otros tantos que marcaron nuestras vidas, crearon personajes y nos dejaron un fervor para hacer lo que hacemos, con la furia necesaria aún si sentimos que el mundo se derrumba a nuestro alrededor.
Ahora no están los hombres, sino las leyendas y las palabras que dejaron. Un camino que seguir.Aquí mi pequeño homenaje a esos dos. Todavía tengo pendiente escribir sobre la Biblioteca Nocturna de Buenos Aires, pero mientras dejo esto, un esbozo de lo que alguna vez quisiera escribir. La Biblioteca Nocturna y La Ciudad de la Furia.
En mi caso, después de haber leído Fervor de Buenos Aires, de Jorge Luis Borges, inmediatamente pensé en La Ciudad de La Furia. Borges describe calles, lugares, momentos; y yo no dejé de pensar que las calles azules de las que habla esa canción sea La Calle Desconocida, poema de Borges donde se describe magistralmente una calle desconocida o ignorada y ¿por qué no? inventada por el poeta. Desde ese momento, tanto la canción de Soda como el poema de Borges me rondaban con tanta frecuencia que se me ocurrió una frase: La Biblioteca Nocturna de Buenos Aires.
La idea de escribir algo con ese título me animaba tanto que no sabía que escribir, y cuando empezaba a escribir algo, me daba cuenta que no era eso lo que quería escribir. De pronto me di cuenta que eran cosas distintas, que la idea y la canción y el libro no eran una sola. Por eso escribí dos relatos sostenidos bajo esa idea, bajo el hechizo de la canción y el deseo de encontrar algo misterioso que no sabía si concretaría o no.
A decir verdad, no sé si haya concretado algo. Aún la idea me ronda la cabeza, y más aún después de lo de Cerati. Hay cosas que a uno lo hacen reaccionar, y la muerte es una de ellas. Sí, ya no están; Cerati, Borges, Spinetta, García Márquez, Cortázar, Simón Díaz y otros tantos que marcaron nuestras vidas, crearon personajes y nos dejaron un fervor para hacer lo que hacemos, con la furia necesaria aún si sentimos que el mundo se derrumba a nuestro alrededor.
Ahora no están los hombres, sino las leyendas y las palabras que dejaron. Un camino que seguir.Aquí mi pequeño homenaje a esos dos. Todavía tengo pendiente escribir sobre la Biblioteca Nocturna de Buenos Aires, pero mientras dejo esto, un esbozo de lo que alguna vez quisiera escribir. La Biblioteca Nocturna y La Ciudad de la Furia.
Gracias Totales Maestro
miércoles, 9 de julio de 2014
Lucidez
Hay que ver, su rostro lo dice todo, y yo aquí, mirando cómo pasan las cosas. Lo peor es que tiene el descaro de negarlo todo; decir que no pasó cuando sabe exactamente que estaba viendo. De hecho, recuerdo bien que sus manos sujetaban un libro. La tapa era algo curiosa, tenía varios dibujos, pero nunca pude leer el título. Vi cómo las cosas cambiaban de sitio, y de repente, ya no estábamos en la habitación. Todo comenzó a dar vueltas... era como si el mundo girara, como si estuviéramos en jumanji, con la diferencia de que esto sí era real. A pesar del caos creado, pude reconocer todo: la cama, los libros, la biblioteca, el televisor y la radio mal sintonizada. Libros de Orhan Pamuk, Kafka, Tolstoi y un montón de escritores rusos y turcos de nombres impronunciables. Yo trataba de descifrar lo ocurrido. Pero, aunque todo parecía normal, sabía que las cosas no eran lo que aparentaban. Sus ojos se quedaron fijos, y luego tiró el libro por la ventana. Este se desvaneció. Al menos eso pienso, porque cuando bajé a buscarlo, ya no estaba. A menos que esté exagerando y haya pasado alguien y se lo haya llevado.
Cuando crucé la calle, noté que la vecina me miraba suspicaz, como si no me conociera. Y en efecto, cuando la saludé, hizo un gesto para nada agradable y se metió a su casa. Me miraba desde la ventana, con una sonrisa totalmente desconocida para mí. Por primera vez, durante mucho tiempo, me sentí perdido. Estaba en la misma calle, frente a la misma casa, mirando a la misma persona que conozco desde hacía mucho tiempo, pero en otro espacio, en otro sentido, como si estuviera en el mismo lugar pero a la vez en otro diferente. Puede que todo sea una confusión, qué sé yo. Pero con el pasar del tiempo esta normalidad se vuelve más sugestiva, monótona, y las cosas que de verdad importan se viven en otro lado. Por eso, cuando pregunté lo del libro y le dije todo lo que había pasado, me miró y sonrió con sorna, y lo negó todo, pero a la vez confirmándome que mis sospechas eran, y son ciertas.
Cuando crucé la calle, noté que la vecina me miraba suspicaz, como si no me conociera. Y en efecto, cuando la saludé, hizo un gesto para nada agradable y se metió a su casa. Me miraba desde la ventana, con una sonrisa totalmente desconocida para mí. Por primera vez, durante mucho tiempo, me sentí perdido. Estaba en la misma calle, frente a la misma casa, mirando a la misma persona que conozco desde hacía mucho tiempo, pero en otro espacio, en otro sentido, como si estuviera en el mismo lugar pero a la vez en otro diferente. Puede que todo sea una confusión, qué sé yo. Pero con el pasar del tiempo esta normalidad se vuelve más sugestiva, monótona, y las cosas que de verdad importan se viven en otro lado. Por eso, cuando pregunté lo del libro y le dije todo lo que había pasado, me miró y sonrió con sorna, y lo negó todo, pero a la vez confirmándome que mis sospechas eran, y son ciertas.
jueves, 29 de agosto de 2013
Carta a M
Irene. La recuerdas a cada instante. Recuerdas el día que se marchó de su casa. Pensamos que daría una vuelta, y estuvimos esperando toda la tarde, el día siguiente... de hecho esperamos varios días, pero nos resignamos a que no volveríamos a verla. Te quedaste pensando, desconsolada si algún día volvería. Extrañabas charlar con ella sobre libros y técnicas de costura. Los días se te hacían largos, y cuando yo regresaba del trabajo te encontraba un poco desconcertada. Entonces me decías que no tiene sentido que exista el tiempo, que las cosas ya no tienen ningún orden y que para qué llevar la cuenta de los días si todos son iguales, inexorablemente los mismos con la decadencia del mundo. Entonces llorabas, porque sabías que a partir de ese momento estarías sola. Es verdad, me tenías a mí; pero a diferencia de Irene, yo no leía sino sólo los magazines deportivos, y tejer era una aberración. Nada de esas cosas las sabía hacer. Entonces me dí cuenta de cuán susceptible eres. Tan frágil. Y yo en mis cosas; ir al fútbol o a la cancha con los amigos; ir y venir del trabajo, ver los noticieros...
Dónde estará Irene, repetías con harta frecuencia. Irene, la pobre Irene. Tal vez desapareció en el borde de alguna colina. Tú y yo sabíamos que no estaba del nada bien. Aunque era agradable. Pero era tu confidente. Y eso fue lo que te desarmó. Yo no supe ser sino aquel a quién mirabas fijamente y le sonreías y le preguntabas ¿todo bien? con una sonrisa protectora, esa que ahora añoro. Y me doy cuenta que tu felicidad estribaba en que habías hablado con Irene sobre tal o cual libro, o por lo que escucharon en la radio sobre algún concierto al que me llevabas arrastrado o por la buena crítica que hacían hacia alguna película que a ambas les había gustado. Pero desde que se marchó así sin previo aviso... es verdad, tenía a su hermano. Y ella te había dicho que lo iría a buscar... ¿no será ese el motivo por el que se fue?
El doctor me dijo que te podía escribir, pero que no te hablara de Irene. Pero, ¿qué otra cosa puedo hacer si tú me recuerdas a ella? Por ella estás aquí. Por ella te fuiste. Y ahora te extraño; no me di cuenta de lo peligroso que era. Sabes cuánto te quiero. Espero que alguna vez me puedas reconocer, como antes, y que te recuperes y vuelvas a casa. He adquirido el hábito de leer, así que no te aburrirás más porque ya sé hablar de libros. Sobre todo de ese donde se cuenta una historia de unos hermanos que dejan su casa porque al parecer había alguien más allí. Algo parecido a lo que le sucedió a Irene...
Al irme miro cómo miras tus manos al mismo tiempo que sientes las gotas en tu rostro, y cuando miras al cielo imagino que sientes todo el miedo del mundo, como si las cosas no estuvieran en su sitio, y corres en busca de refugio. En ese instante piensas en el último concierto, la noche fuera del teatro y la oscuridad acechando los faroles. La cálida mañana en el jardín donde leías una de las tantas epopeyas. Y aún cuando estás temblando de ese frío que te cala los huesos, una sonrisa se dibuja en tu rostro, como cuando sonreías por cualquier gesto inútil que yo hacía para hacerte sonreír.
Al irme miro cómo miras tus manos al mismo tiempo que sientes las gotas en tu rostro, y cuando miras al cielo imagino que sientes todo el miedo del mundo, como si las cosas no estuvieran en su sitio, y corres en busca de refugio. En ese instante piensas en el último concierto, la noche fuera del teatro y la oscuridad acechando los faroles. La cálida mañana en el jardín donde leías una de las tantas epopeyas. Y aún cuando estás temblando de ese frío que te cala los huesos, una sonrisa se dibuja en tu rostro, como cuando sonreías por cualquier gesto inútil que yo hacía para hacerte sonreír.
sábado, 6 de julio de 2013
El escritor que escribía en las margenes de los libros.
"Un sabio sin imaginación no puede ya parecer
otra cosa que un sabio impostor, o
por lo menos un sabio incompleto"
Charles Baudelaire en su ensayo
"Nuevas Notas sobre Edgar Allan Poe"
¿Qué más se puede decir de este genio? Cuentos fantásticos, poemas excelsos. Su obra abarca desde el terror psicológico hasta lo policíaco. Su poesía es de la mejor que se pueda leer; y sin embargo, es más (re)conocido por sus cuentos que por sus poemas, una muestra de la creatividad de este prolífico escritor. Pero lo que sobresale también de Poe es su capacidad hacia la crítica literaria, y más aún en una época donde ésta apenas tenía una base -mejor dicho, estaban levantando sus fundamentos- y los críticos literarios hablaban de los libros por sus autores. Es decir, que si se era un escritor ya consolidado, su reputación lo eximía si alguno de sus libros no eran tan buenos. Sin embargo, ¡ay de aquellos que no tenían una "base literaria"! Y por base literaria me refiero a aquellos que apenas publicaban, pues los críticos los deleznaban y marginaban.
Lo primero que llama la atención al leer el material sobre crítica que escribió Poe es su afán por la "formación de una Literatura Norteamericana". En este punto, no hay mucha diferencia con la formación literaria en el resto del continente. Aunque en el caso de Estados Unidos, mientras Poe abogaba por la formación literaria de su nación, sus coterraneos creían ya tener definida dicha formación. En su libro Marginalia incluso insinúa que su país aún no tiene nombre; y después de una extraordinaria explicación, pasa a decir que su nación debería llamarse Apalacha en vez de América, porque el primero es distintivo y hace alusión a sus primeros habitantes, mientras que el segundo designa a Todo el continente: desde Alaska hasta la Patagonia. Y como él mismo pasa a decir: Suramerica también es america.
Aunque los otros ensayos también demuestran su capacidad como crítico -y hasta se podría decir de su capacidad como teórico- la Marginalia nos deja ver a un Poe que toma apuntes y escribe en las margenes de los libros. Su ensayo sobre El Principio Poético nos deja ver a un Edgar Allan Poe un poco más erudito, y también nos abre las puertas a una literatura un tanto marginada por los círculos literarios de la época, pero que a su vez revela la esencia de la poesía norteamericana de su tiempo.
En fin, que Poe se situó en el lugar del observador y contempló bien el panorama para escribir sus pensamientos en el margen de la historia literaria y dejar su huella imperdurable en el imaginario de los escritores modernos.
Enlace: Fragmentos de la Marginalia
Enlace: Fragmentos de la Marginalia
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martes, 16 de octubre de 2012
De la creación de la nada o de por qué siempre escribo lo que no quisiera escribir (una más sobre Cortázar)
I
"El libro de nuestra vida
no siemrpe puede leerse
entero y encuadernado".
Julio Cortázar
Toda una alegría leer a Cortázar. Siempre Cortázar, su forma de crear, de Hacer literatura y de romper con los signos y las formas... Continuidad absoluta del tiempo en pasajes enrevesados o caminos cruzados. Un hombre parpadeando con ojos de gato y mirada despierta. Tal vez nadie pueda contemplar el entorno tal como él lo hizo. Nadie sabría explicar lo absurdo y lo paranoico sin una tranquilidad tan laxa. Pensar en cosas y costumbres, en certezas e incertidumbres y luego estar en esta realidad, tan fuera del espejo, tan lejos de la mirada del otro que no es sino uno mismo, y verlo a él, contemplando las cosas con cierta curiosidad y tomando notas para un futuro relato; y verse él allí, dentro del relato, contándose como personaje sin darse cuenta que soy yo que escribe sobre él y no él escribiéndome como uno de esos personajes insólitos que escriben sobre otros personajes. Es él quien crea esta reseña para completar un juego de espejos donde ninguno de los dos nos vemos las caras, pero sabemos que estamos ahí mirando las sonrisas a través de las distancia en ese reflejo de palabras y acciones que de a poco, y sin saberlo siquiera, se desvanece.
II
Siempre Julio, forever Cortázar. Siempre anoto frases -todas las cuales tengo desaparecidas, vaya a saber usted dónde- y a partir de esta pensé en escribir un cuento (y dale con lo mismo, otra vez escribiendo. ¿Y para qué escribes, si sabes que no te van a leer?) pero no siento conexión alguna; más bien siento que es el mismo Cortázar que dicta y me dice "es bueno que sigas escribiendo vos, que te parecés tanto a nosotros los cronopios" (Ya está, que alguien se lleve al siquiatrico a este pobre chalado). y ahora me encuentro sin nada sobre qué escribir leyendo y releyendo esa nota, ese epígrafe con el cual quería comenzar un cuento, pero no estoy seguro; mientras, escucho la voz de Julio diciéndome que escriba.
Es sorprendente sentir tantas emociones y consternaciones al leer sus cuentos; pero últimamente me he preguntado qué tal sería leer su vida -no digo sobre su vida, sino leer su vida- (ahora sí, de paso querer averiguarle la vida a un pobre muerto; vaya a saber qué se le ocurrirá ahora) Por desgracia, eso no se puede hacer, porque para leer la vida de alguien, ese alguien debe estar vivo, y en el caso de Cortázar, él falleció dos años antes de mi nacimiento -lástima no haber nacido en esa época donde era alucinante saber que se podía topar con un escritor a la vuelta de la esquina-. Aún así, leer sus cuentos y lo que dejó desperdigado me deja atónito -y pensar que uno a veces piensa en "las nuevas formas de la literatura"
Y aquí estoy, leyendo y releyendo esa cita de Cortázar: "El libro de nuestra vida no siempre puede leerse entero y encuadernado". Lo que me lleva a pensar: ¿Cómo leer la vida de alguien? ¿Por dónde empezar? Existen las biografías, pero estas no son suficientes. Esto, por cierto, me lleva a pensar en lo curiosos que somos (¿Y ahora es que te vienes a dar cuenta de eso? Sobre todo tú, que quieres averiguarle la vida a un pobre muerto), en querer saber más y ver cómo eran, y cómo son, los demás. De allí proviene la literatura: de la curiosidad -claro, sé que no estoy descubriendo nada nuevo, por si alguien me reprocha la estúpida idea de ser un teórico de causas ya concretadas, y utilizo esta palabra a falta de otra más concreta- y de querer los libros de la vida de los otros.
Libros que jamás terminaremos de leer; y que por estar fisgoneando en la literatura real de los demás, nos olvidamos de la propia; olvidamos indagar en nuestras propias historias; inventarnos, re-inventarnos. Saber quienes somos para luego re-escribirnos y así poder tener una noción quizá del mundo; o dejar la huella latente de que una nueva historia está en proceso de formación. Al menos eso Cortázar lo tenía muy en cuenta. Por eso sus relatos partían de él, de sus sueños y pesadillas (Ya deja de escribir. Mejor ve a dormir, eso... mejor así, mañana debes trabajar y ve a saber qué nuevas idioteces se te ocurrirán)
P.D: Pido disculpas a los improbables lectores que lean esta notarelatocríticaensayo o lo que sea que el pobre amigo acá trató de escribir... en estos momentos está recibiendo atención siquiatrica a ver si de una vez por todas deja tranquilo y en paz al pobre hombre del espejo.
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domingo, 10 de junio de 2012
Cicatrices
y aunque conquiste
el espacio.
Zapato 3
Otra vez suena el teléfono. Una, dos, tres veces. Y no contesta. Callada, busca la sombra de lo definitivo, de lo que escuchó esa mañana. Es muy probable que no entienda las razones. "Porque no hay razones", le escuchó gritar. Un grito desesperado, y de nuevo el teléfono: "quiero saber si estás bien, si necesitas algo, llámame". No vale la pena contestar las llamadas. No vale la pena escuchar a los demás lamentarse por lo sucedido. "No es tu culpa", ha escuchado decir durante el funeral. Un no es tu culpa tan reiterativo que por momentos creía que sí lo era. Todos los días compartidos, las miradas cómplices y los deseos de estar siempre juntos. Todo mentira. Las canciones, las miles de canciones que cantaban juntos: "amo lo que conozco", y los ojos brillantes como con ganas de adueñarse del mundo; "y lo que nunca tendré", y no sabía hasta qué punto eran verdaderas aquellas palabras. Y detiene la grabación. Lo que viene son puñaladas profundas que dejan cicatrices. Y no quiere pensar en ello.
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| y quedarse pensando en lo que pudo suceder pero no fue. |
"No hay razones". Todavía no entiende. "Si no habían razones entonces..." y se detiene antes de hacer la maldita pregunta absurda e ilógica. "Amo las estrellas que están en tus ojos", le dijo mirándola firmemente, mirándola para siempre. Porque ella nunca podrá olvidar esa mirada. De repente el llanto. Y las estrellas que se clavan en sus ojos en una noche fulgurante y de luz.
Ella piensa en esa palabra en infinitivo: Amar. Porque si se ama entonces hay motivos para vivir; y si se vive es por amor. "Por favor llámame. Estamos muy preocupados por ti". Escucha la canción. Ella no cree en las dedicatorias ni en las canciones, pero igual la escucha porque lo escucha a él. "Y aunque conquiste el espacio, y supere mis límites". Ella cree que fue eso. "No hay razones". Superó sus límites, eso fue todo. Ella sabe que no fue su culpa. Ella lo quería; pero él superó sus límites. Y se fue. Viajó hasta el fondo del océano, algo así como su propio infierno. "Por favor lláma..."
Decide descolgar el teléfono. Total, es su dolor, y son esos ojos que ahora brillan en las estrellas, allá en el inmenso cielo.
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domingo, 1 de abril de 2012
Tarde imprevisible
Me niego a pensar que está allí. Es como el cuento de García Márquez que leí por primera vez... la del muchacho que ve todo desde su ataúd, y que sabiendo que está vivo se cree muerto; o ellos lo creen muerto. Es una situación parecida. ¿Qué tal si quiere decir algo antes de irse? ¿De dejar sus últimos recuerdos por escrito, o sacar las fotografías escondidas junto con las últimas barajitas de la infancia, esas que compartíamos y a veces escondíamos porque eran de buena suerte?
Yo no estoy exento de memoria, pero tampoco soy un Funes. Puede que sea un desheredado, el tiempo me ha jugado malas pasadas, y la vida sencillamente ha sido un trajín y un ir y venir con fatigas y desesperanzas. Todavía recuerdo esa tarde de Junio donde nos sentamos a conversar y planificar lo que haríamos en el futuro; ninguno de los dos sabíamos que pronto la oscuridad se cerniría; sí, así en estilo romántico. Porque eso es la nostalgia: romanticismo puro. Cada fotografía se convierte en suceso, en una nueva historia que hay que contar porque la nostalgia olvida, el desamparo olvida... el dolor que nos pertenece y sus recuerdos que ya no son efímeros, sino constantes imperdurables que nos acompañarán hasta que nosotros mismos dejemos de existir.
No espero a que todo termine aquí. Tengo una percepción de la realidad de la que el resto de las personas carecen. No, no puedo ver a los muertos. Pero sí puedo recordarlos, y devolverles la vida en un espacio de tiempo: en la memoria. Hay canciones que hablan de ello: "si piensas en mí viviré en ti", o algo por el estilo dice una de las canciones de Mago de Öz. Las intuiciones a veces no son precisas; pero siempre recuerdo ese cuento de García Márquez, y me pregunto cómo será verse a uno mismo desde afuera, desde otro ángulo; incluso sin ser uno mismo y que no nos podamos reconocer en lo que somos o seremos. Teoría de las probabilidades. "No existen las casualidades, sino las causalidades", dicen muchos. Yo creo que existen ambas: no somos dueños del tiempo ni podemos sujetar los acontecimientos. La oblicuidad de la vida, como la podrán llamar algunos.
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| Recuerdos de infancia |
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domingo, 5 de febrero de 2012
La inmortalidad.
¿Dónde estaremos de aquí a cincuenta años? ¿Con quién nos toparemos? ¿Quién formará parte de nuestra vida, y de qué forma influirá sobre ella? Y lo más importante, ¿cómo queremos que se nos recuerde en nuestra inmortalidad?
Es un juego apasionante ver a los demás y hacer suposiciones sobre ellos; jugar con la teoría de las casualidades. Que alguien haga algo que afecte indirectamente a otros, ¿cómo es posible que pueda suceder? Y actuamos precisamente para dejar una huella... no un legado, sino una huella. Hacemos todo lo posible para que nos recuerden cuando no estemos. La marca tangible de lo que somos y fuimos. En eso consiste la inmortalidad, en el gran juicio que nos harán aquellos que conocimos cuando ya no estemos.
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miércoles, 4 de enero de 2012
Troya o la opinión sobre una película
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| Hector vs Aquiles |
Hace unos días vi de nuevo Troya. Sí, la película que protagonizó Brad Pitt, y que, por no ser tal como la esperaba, no me gustó. Sin embargo, no la estaba viendo solo; mi abuela estaba fascinada por la historia, y a cada nada hacía preguntas sobre la película. Yo traté de explicarle los acontecimientos tal como estaban en el libro. Ella escuchaba atenta mientras veía la película. Y a cada pregunta, yo le respondía. Ella hizo algunos comentarios interesantes sobre la película y la historia que yo le estaba contando. Uno de ellos fue: "ese Aquiles es arrogante, se cree que por ser hijo de dioses puede hacer lo que se le da la gana". Por supuesto, yo traté de explicarle los acontecimientos y el destino de Aquiles. Sin embargo, lo que me interesa reseñar es lo que ella dijo justo en el momento en que Aquiles derrota a Hector en la pelea. Ella dice: "Esa historia no debió haber sido así. Hector era el bueno, Aquiles el malo. El tal Homero ese se equivocó al escribir esa historia". Yo no dije nada al respecto. Es su opinión. Pero me gustó lo que me dijo, y me puso a pensar -de nuevo- sobre el tema. Tenemos entonces que Aquiles es el orgulloso guerrero que no quiere pelear, y se puede decir que por su culpa, su amigo muere (esa es una idea de mi abuela), mientras que Hector, aparte de que es mortal, lucha por lo que quiere y tiene, por lo que ama. ¿Por qué luchaba Aquiles? Por la inmortalidad. Pero esa inmortalidad en cierto sentido no le granjea un favor absoluto.
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| Fotograma de Troya |
Mi abuela, quien nunca en su vida ha leído la Iliada, sin embargo, reconoció el gesto de Aquiles de entregar el cuerpo de Hector a su padre, y dijo que si hubiera sido así desde un principio, hasta pudo haber sido simpático haberlo conocido. Escuchar eso me causó gracia. Y para no sacar a mi abuela de su ilusión -debo destacar que ella no estaba hablando de Brad Pitt ni de su cabellera ni de su físico, sino del personaje en sí- le dije que sí, que pudo haber sido bueno. La película se acabó. Mi abuela apagó el televisor, y yo me fui a casa, pensando en esa conversación que me sigue dando vueltas en la cabeza, mientras todavía escribo esto. No sé si Homero se equivocó; lo que sí sé es que escribió una de las mejores historias que todavía da mucho de qué hablar, y para ello me remito a lo que escribí hace algún tiempo sobre el tema.
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viernes, 30 de diciembre de 2011
Gemelas
Para Delia Mariana
O Mariana Delia
O como se llame
La última vez que la vi, le dije a Mariana que escribiría algo para ella. La verdad, el asunto se me ha complicado. Tengo las ideas y los argumentos, incluso la trama. Le comenté sobre ese proyecto –aunque más que un proyecto, es un compromiso– a Delia, y por razones que no entendí, estalló en cólera. Traté de calmarla, pero mis esfuerzos fueron inútiles. Al escuchar sus argumentos, o sus gritos, no pude evitar la carcajada. Sorprendida me miró, me dijo imbécil y tiró la puerta. No sabía cual era el rollo que se traían las dos. No volví a ver a Mariana porque aún no había terminado lo que le prometí. Delia, después de ese arranque me visitó varias veces, y en cada visita se burlaba de mis esfuerzos que aún no habían dado frutos. Le pregunté el por qué tanta socarronería, y burlona, me dijo que Mariana era su hermana: su hermana gemela. La noticia me sorprendió. No pude concebir que ambas fueran hermanas, y mucho menos gemelas. El único parecido que tenían era el color de la piel, del resto, eran incompatibles.
Perplejo, le pregunté si era una broma, a lo que me respondió muy seria que no. “Entonces, ¿cómo es posible que, siendo hermanas, yo jamás las haya visto juntas?” –Le pregunté– “Además, ustedes dos no se parecen en nada” Su risa fue sarcástica, y dijo que si yo era muy amigo de Mariana, que le preguntara a ella.
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| Ilustración de Luis Scafati. |
Durante varias semanas estuve dándole vueltas al asunto. Lamentablemente Delia se fue, pues las clases ya habían terminado y ella aprovechó para irse a la playa o no sé dónde. Quería saber más sobre su historia y la de Mariana. De Mariana, a quien no la vi más –supuestamente se fue para Argentina –obtuve un correo electrónico donde me explicaba que todo lo que Delia me había contado era falso; que ella nunca tuvo una hermana, y menos gemela; que Delia no se llamaba Delia; y que ella se fue porque obtuvo una beca para estudiar en el extranjero y escogió Argentina. Por Último, me pedía, por favor, que concluyera ese relato donde yo hablaba sobre ella y Delia, y de la desaparición de esta. “Tus personajes siempre andan en fuga, como Delia y yo”
Al no tener ningún otro motivo para escribir, decidí enviarle las notas del dichoso cuento y dejar las cosas así. Me sentí burlado y engañado. “El mundo es pura ficción” leí por ahí. Entonces me di cuenta –por fin –que tanto Mariana como Delia nunca existieron, a pesar de las pruebas. Que ellas no eran ellas. Eran dos impostoras que se aprovecharon de mi ingenuidad, me hicieron escribir, y luego, las dos juntas, se marcharon para burlarse de mi inocencia.
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martes, 13 de diciembre de 2011
4:30
Tío murió un martes. El reloj se detuvo a las 4:30, hora en que hicieron la llamada. El saberlo fue algo nuevo, pues nunca supe lo que es la muerte, o mejor dicho, perder a alguien. Desde el último día que lo vi hasta el día que me dieron la noticia, yo lo sabía, lo intuía, pues sus ojos suplicaban con llanto ya no querer sufrir más ese tormento. Varios meses acostado en una cama lo demacraron, y su sonrisa y su fuerza vital desaparecieron. Las únicas palabras que lograba pronunciar eran incongruentes, para nadie tenían sentido, excepto para mí. Porque siempre jugábamos a hablar entre dientes y a murmullos, introduciendo sílabas delante de las sílabas, convirtiendo el lenguaje en ininteligible. Esta forma de hablar la descubrí cuando tenía ocho años, y cuando tío se enteró, se hizo disponible para enseñarme a progresar en el nuevo dialecto. Así nos contábamos cosas. Yo por ejemplo le contaba sobre las malas calificaciones o las veces que me hacía el enfermo para no ir a clases, o cuando me pasaba algo y no quería que nadie más se enterara. De esa manera nos hicimos amigos. Yo sabía lo que sentía tío, y lo que quería. Aunque no quería morir, tampoco quería ver a su vieja sufrir por él; aunque igual sabía que ella sufriría. Por más determinación que tuviera, no pudo luchar más. Se rindió. No soportó el dolor ni la ira, y mandó todo por fin al infierno. Su vida queda como recovecos cambiantes que se expanden en mi memoria. Aún así, mi reloj nunca volvió a marchar y se quedó detenido a las cuatro treinta de la tarde.
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miércoles, 16 de noviembre de 2011
Panamá, el lugar de encuentro. De tan sólo pensarlo creo que me da nostalgia. Debería alegrarme por tan inesperado viaje y poder reunirme de nuevo con todos ellos. La verdad es que no me hace falta, pero hay que ir. Toda la cuestión esa de que el centro de los artistas más destacados se está desarrollando en un lugar del que sólo sé unas cuantas cosas; que si el canal, la invasión gringa, que es el sitio -según dicen- más barato (comprando a dolar), que hay sitios peligrosos, otros muy hermosos, y que recientemente todos los jóvenes poetas se reunirán en el lugar exclusivo de toda la bohemia... es algo que no me lo puedo creer. La verdad, no conozco Panamá, ni he leído a ninguno de sus escritores- a pesar que tengo una antología de lo mejor de su poesía. En realidad, pensar en Panamá es pensar en lo que hizo el conquistador Vasco Nuñez de Balboa; en lo que perdió Colombia y en lo que perdió toda la América por la codicia de los supuestos libertadores... nada de poesía esta vez, la realidad es tan latente que nos encontramos inmersos en la mitad de un verso que actualmente brota sangre.
viernes, 30 de septiembre de 2011
Literatureros
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| "y no puedo escapar de mi propia historia" |
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martes, 9 de agosto de 2011
De referencias
Todo lo que hago es esperar. Escapar es una opción, pero no la apropiada. El ruido se hace más intenso, mientras tanto miro al cielo; algunos consideran que estoy loco. Hasta me mandan a un cuarto oscuro para que, según ellos, tome un poco de descanso. No es así. Aquí nadie duerme. El ruido es insoportable, hay un loco que se cree el fantasma de la ópera, sin saber siquiera que ese musical es una farsa (me lo dijo el del cuarto de al lado, quien dice saber mucho de esas cosas). A pesar de los gritos, puedo leer un rato; y a pesar de que lo intento, no puedo contener mi emoción de leer a Petrarca (gran piedra en el zapato es este libro), pues es poesía pura, no importa el italiano, con un diccionario resuelvo. Me intriga saber quién fue esa tan mentada Laura, pero aquí la biblioteca está prohibida. Como si los libros volviesen locos a la gente, como le pasó a ese tal Quijote que no terminó en un manicomio porque en realidad no existió.
viernes, 3 de junio de 2011
Enigma
Poco fiable parece la mirada del tipo sentado en el bar. Y es que si uno lo mira detenidamente, su aspecto incita a la desconfianza. Todos saben cómo se llama, pero cuando un extranjero pregunta por su nombre, todos lo niegan. Que es un traficante, todos lo afirman pero nadie lo sabe.
Así pasa el tiempo. El hombre, con la mirada fija en el ventanal que da hacia la calle parece meditar en algo. Sobre la mesa un libro con un título inusual, y a su lado, un cuaderno. Y cada vez que mira a alguien, le sonríe de la manera más descarada e intimidante. Y cuando vuelve su vista al cuaderno, coge su lápicero y procede a escribir una historia donde nadie más que él es el único capaz de descifrar esa mirada enigmática que destella en sus ojos.
Así pasa el tiempo. El hombre, con la mirada fija en el ventanal que da hacia la calle parece meditar en algo. Sobre la mesa un libro con un título inusual, y a su lado, un cuaderno. Y cada vez que mira a alguien, le sonríe de la manera más descarada e intimidante. Y cuando vuelve su vista al cuaderno, coge su lápicero y procede a escribir una historia donde nadie más que él es el único capaz de descifrar esa mirada enigmática que destella en sus ojos.
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martes, 3 de mayo de 2011
La biblioteca nocturna
La biblioteca estaba abierta, lo cual no era raro a esas altas horas de la noche, pues era la biblioteca nocturna, única en su estilo, o en su especie, como dijo Juan. Después de tanto tiempo, logramos encontrarla en el subterráneo de Buenos Aires, lugar difícil de estar. Lo dijo Borges: "estar y no estar en un mismo lugar es la gran paradoja de la vida". Está bien, no lo dijo Borges. No sé quién lo dijo, pero a veces digo cosas así porque a Mariana le gusta mucho Borges aunque no haya leído su fervor de Buenos Aires, donde por cierto -aunque ya lo mencioné- está la biblioteca nocturna en un subterráneo difícil de encontrar,y cuyo director dijo que el gran sin sentido de la vida es estar en el mismo lugar donde Borges escribió sus más esplendidos relatos.
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sábado, 19 de marzo de 2011
Café Nocturno
No se debería tomar café por las noches, no es bueno. La imaginación se rebela y no hace caso; hace lo que se le da la gana, y después es imposible detenerla. Y dormir también. Las horas se pasan; fantasmas. En eso se convierte el tiempo por las noches. Luego el insomnio. Mirar la oscuridad y encontrar recuerdos, cosas olvidadas y otras por hacer. Pensar en el futuro o en la soledad, la oscura soledad que está allí. La noche larga. La marcha de la angustia. Aparecen todas las cosas de pronto. Todo lo que está oculto surge. Eso maravilla al noctámbulo. Entonces un libro, un cuaderno y un bolígrafo o lo que se encuentre para capturarlos a todos. Porque están allí y luego se quieren ir, pero hay que atraparlos en las hojas, en las palabras que se configuran y surgen. Esa es su prisión, lo que usamos para recordar algo indefinido, para que no se vuelva a ir. Para saber que algún día fuimos algo. Y que hay mucho por hacer. Por vivir o caminar, como dicen los poetas. Y todo esto, todos lo saben, desaparecerá, así de pronto, hasta que exhale el último aliento de los atrapados por las palabras trepidantes que, como siempre, desaparecen.
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