miércoles, 9 de julio de 2014

Lucidez

Hay que ver, su rostro lo dice todo, y yo aquí, mirando cómo pasan las cosas. Lo peor es que tiene el descaro de negarlo todo; decir que no pasó cuando sabe exactamente que estaba viendo. De hecho, recuerdo bien que sus manos sujetaban un libro. La tapa era algo curiosa, tenía varios dibujos, pero nunca pude leer el título. Vi cómo las cosas cambiaban de sitio, y de repente, ya no estábamos en la habitación. Todo comenzó a dar vueltas... era como si el mundo girara, como si estuviéramos en jumanji, con la diferencia de que esto sí era real. A pesar del caos creado, pude reconocer todo: la cama, los libros, la biblioteca, el televisor y la radio mal sintonizada. Libros de Orhan Pamuk, Kafka, Tolstoi y un montón de escritores rusos y turcos de nombres impronunciables. Yo trataba de descifrar lo ocurrido. Pero, aunque todo parecía normal, sabía que las cosas no eran lo que aparentaban. Sus ojos se quedaron fijos, y luego tiró el libro por la ventana. Este se desvaneció. Al menos eso  pienso, porque cuando bajé a buscarlo, ya no estaba. A menos que esté exagerando y haya pasado alguien y se lo haya llevado.

  Cuando crucé la calle, noté que la vecina me miraba suspicaz, como si no me conociera. Y en efecto, cuando la saludé, hizo un gesto para nada agradable y se metió a su casa. Me miraba desde la ventana, con una sonrisa totalmente desconocida para mí. Por primera vez, durante mucho tiempo, me sentí perdido. Estaba en la misma calle, frente a la misma casa, mirando a la misma persona que conozco desde hacía mucho tiempo, pero en otro espacio, en otro sentido, como si estuviera en el mismo lugar pero a la vez en otro diferente. Puede que todo sea una confusión, qué sé yo. Pero con el pasar del tiempo esta normalidad se vuelve más sugestiva, monótona, y las cosas que de verdad importan se viven en otro lado. Por eso, cuando pregunté lo del libro y le dije todo lo que había pasado, me miró y sonrió con sorna, y lo negó todo, pero a la vez confirmándome que mis sospechas eran, y son ciertas.

viernes, 14 de febrero de 2014

Tres poemas

I
Cuando estalla el último suspiro
queda el adiós y tal vez el para siempre. 

Porque las pupilas se alejan más y más 
invocando toda la oscuridad del universo 
para dejar todo en silencio 
para que las palabras nunca mueran 
aunque el corazón se ausente.

Entonces la lluvia y todo el invierno 
se posan sobre el pecho que llora y maldice 
la hora 
pero no hay tiempo 

Cuando estalla el último suspiro 
queda una lágrima y un último beso.







II
El tiempo
ese sutil silencio 
que nos espera
y nos mira 
lleno de culpas y rencores
inexorable 
marca que nos deja
cicatrices que miran
un poema más
una sonrisa
              
              el vuelo de la noche.





III
Aún estando firme en esa decadencia pura 
y convertir la sonrisa en algo más 
y encontrar el agua llena de suspiros 
cuando el lamento se transforma en lluvia 
y nubes bordean las montañas 
cuando no queda más que mirar la aurora 
y los atardeceres fugaces 
cuando el sentido de la vida es muerte 
y ojos ocultan el dolor inmensurable 
porque somos polvo sin sentido 
caminos dispersos en no lugares 
y fuego que desola
porque es tan cálido el olvido 
cuando el último átomo se torne 
y seamos de pronto cenizas
o sólo la palabra subjetiva 
que cambará cuando seamos por 
fin este reducto lleno de insomnios y temores.




sábado, 11 de enero de 2014

Carta de un desesperado

Eran las tres treinta de la mañana. No podía conciliar el sueño, y a veces me levantaba de la cama para ir al baño o tomar agua. Por el pasillo, sobre los estantes estaban los libros. tomé uno y lo ojeé, y luego otro y así hasta terminar el recorrido. No sentía ninguna necesidad de leerlos. Solo los tenía allí, como meros adornos. A veces los miraba con cierto desprecio. Mi amigo, que venía a casa frecuentemente, me reprochó la idea de tener libros y no leerlos. No es que no los leyera, sino que estaba cansado de todo ello. La fatiga era tan intensa que a veces sentía desprecio por lo que hacía. Me decía cada cierto tiempo sobre la posibilidad de escribir uno de ellos, un libro. Esa posibilidad a veces me torturaba, me quemaba por dentro. Los nervios se enervaban cada vez que me encontraba solo, en la mesa y las hojas allí. Por lo general, tomaba mi abrigo y me iba calle abajo, o arriba, dependiendo del desgaste físico y mental. Por las noches no conciliaba el sueño. Siempre a las tres y treinta hacía el mismo recorrido, miraba los libros una y otra vez. Puede que sea algo enfermizo hacer todo eso, seguir el mismo patrón. Cuando leía los títulos, me quedaba pensando en el montón de palabras que había dentro. ¿Qué quería decir el autor? ¿Por qué tantas palabras? Entonces me dí cuenta que ninguno de ellos es un sabio ni un erudito, ni siquiera eso que llaman intelectuales. Eran y son personas con afán de contar algo, de escribir y escribir y figurarse en ese montón de palabras. Personas que necesitaban conjugar todos los verbos para poder dormir tranquilos en las noches y así estar en paz con ellos mismos y el mundo. A lo mejor haciendo eso ponían en orden las cosas. Pero yo, ¿qué quiero poner en orden? ¿a qué fantasmas quiero conjurar? Esas y otras preguntas me rondan cada vez que camino, cada vez que pienso en una historia; entonces me doy cuenta de que todo son palabras, palabras, palabras, pal...

domingo, 22 de diciembre de 2013

Piedra de mar.

Soy un sentimental nostálgico. Así, sin comas. El tiempo pasa y golpea, a veces muy duro, pero hay cosas que siempre quedan, aquellas que te forman el carácter y tu vocación, aquellas cosas que te dicen esto es lo que definitivamente quiero hacer, y en la memoria se te quedan grabados los discos que escuchaste, las bandas, las canciones que coreaste a todo pulmón, aquellas que te hacían saltar y creerte todo un rock star. Puede que haya un viejo amor rezagado,  ese que nunca se olvida, los momentos inolvidables. Como dije, soy un sentimental nostálgico. Y algo que despierta esa nostalgia -alegre, por supuesto- es un libro en particular. Aunque lo leí hace más de diez años, y aunque no soy el mismo de aquella época, Piedra de mar me hace evocar el momento en que estaba en casa de una tía, y en un rincón, en una pila de libros escolares, estaba ese, con la tapa ya rota y las páginas amarillas. Tenía algo escrito en la portada, ya no recuerdo qué, pues lo perdí. Supongo que así como llegó se fue. Después de leer ese libro, me interesó leer todo Francisco Massiani; pero en mi caso, Piedra de mar fue ese viraje en mis ganas de escribirlo y describirlo todo. 



Cuando uno lee un libro después de cierto tiempo, la lectura de ese libro cambia, pues ya no eres el mismo. Tal vez se piense que se fue muy tonto para leer un libro de cierto género, o a lo mejor se encuentre una nueva perspectiva de las cosas, como pasa siempre con el Quijote. Pero cada vez que leo Piedra de mar nada de eso me sucede. Porque me lleva a esa época, el momento donde hallé el libro, por no decir que el libro me halló a mí, y donde empecé a identificar entre mis compañeros a Corcho, Carolina, Kika, José... Aún hoy sigue evocando buenos recuerdos. Cosa que no puedo decir de otros libros. Debo admitir que después que lo leí, comencé a elaborar mi propia historia que, aunque fallida, me ha hecho seguir sin importar cuántas veces me desaparezca y sienta que ya no queda nada por contar; aunque, como siempre, me equivoco, porque aunque una de mis aficiones favoritas es la de desaparecer, todavía me queda mucho por contar.