domingo, 15 de julio de 2018

Sin resentimientos

Una corazonada. Mirar la tarde desde el techo de la casa. Mirar las nubes. Concentrarse en lo más importante. Buscar entre los recuerdos los más dolorosos, y pensar en todas las posibilidades de cambiarlos. Que las cosas pudieron haber sido de otra forma y no como son. Pero son probabilidades. Quién sabe, algún día tal vez seamos océano, o nieve, o flor o ave. Estar entre las múltiples posiblidades de la existencia, pero sobre todo estar en este ahora, discutiendo las razones para seguir, concentrar todas las energías en tratar de ser felices y vivir sin resentimientos.

Una vez alguién dijo que lo mejor es ignorar aquellas personas que nos odian. Lo mejor es no tener enemigos, y pensar más en lo que nos depara la vida. En aquellas cosas gratas que quedarán para la posteridad. Los altibajos que nos encontramos, aquellas sensaciones que estremecen la piel, las sonrisas que merodean por las calles, hoy más escasas. Pensar en la inmortalidad e ir tras la tormenta. Nadie sabe dónde estaremos, así que, mejor es vivir sin resentimientos ni rencores. 

Por eso, el viaje comienza cuando tenemos consciencia de lo que somos y de lo que queremos ser. Hay desviaciones, caminos transitados y solitarios. Pero, llegar al destino, ¿Cuándo? Quién sabe, a lo mejor ya llegamos, y aún no nos hemos dado cuenta. No aún, tal vez algún día. Tal vez. Si es que llegamos.




lunes, 30 de abril de 2018

La transformación de Kafka



 Franz Kafka estaba allí esa noche, y nadie lo notó. Yo lo vi cruzar desde la cocina hacia el salón. Venía corriendo con tal rapidez que pasó desapercibido entre la multitud. Yo lo seguí, con la mirada expectante. Deseaba que pudiera llegar bien a su destino. Hasta que lo perdí de vista. En el grupo alguien hablaba sobre Gregorio Samsa. Yo no lo conocía; pero según contaban, un día se enfermó y no lo volvieron a ver. Contaban que tres hombres aseguraron haber visto un bicho en su habitación. La historia me pareció peculiar e insólita. “Nadie puede transformarse en un bicho; eso es algo imposible”. Yo recordé a Kafka, cuando lo volví a ver. Esta vez estaba en el techo, como escuchando nuestra conversación. Nadie notaba su presencia, y él tampoco quería ser reconocido. Lo saludé con la mano, y él clavó su mirada en mí. Estuvimos así durante un breve momento. Alguien aseguró que la hermana de Gregorio era la única que le proveía lo necesario para subsistir, pero que lo hacía más por piedad que por amor a su hermano. Al fin que Gregorio se murió. Nadie supo cómo. Unos afirmaron que fue por una enfermedad que sufría desde hacía tiempo; otros que porque se convirtió en un bicho y decidió morirse para no causarle más problemas a su familia. “Un acto de amor”, dijo uno. Dentro del grupo había un gran pesar. Creo que fue por la muerte de Gregorio o porque Kafka no aparecía por ningún lado. Alguien dijo que seguía enfermo. Todos callamos. De repente vi a Kafka; venía hacia nosotros cuando se escuchó un grito. Traté de llegar al sitio donde se formaba el alboroto, y al fin, después de tantos empujones y codazos, pude ver a un hombre en el piso. Al parecer estaba muerto. Todos lloraban. Era Kafka, quien había decidido transformarse para pasar desapercibido entre la multitud. Alguien lo pisó con su zapato pensando que era un bicho que trataba de ocultarse en algún sitio de la casa.